PS: comencé este texto en Sudáfrica, en el 2020, imaginaros… Lo encontré tres años más tarde y lo dejé estar y me acordé hoy, después de publicar una story en instagram que causó una avalancha de mensajes…  conclusión: soy un desastre :facepalm:

Mi pelo, esa nube enmarañada de color casi negro que me ha acompañado desde siempre, puede parecer algo poco relevante para los demás, pero no solo ha estado presente a lo largo de todo mi camino, sino que ha cobrado bastante protagonismo en momentos importantes de mi historia. Veréis, mi pelo y yo hemos estado enfrentadas casi toda la vida, o al menos hasta hace muy poco. Ha sido un camino largo y tortuoso que, visto en retrospectiva, me alegra haber recorrido.

Pensar en todo esto me ha animado a escribir este texto, simplemente porque es algo que me habría encantado leer hace 20 años. Quizá lo escribo por cerrar un ciclo, por liberarme… no lo sé. Tal vez me habría ahorrado algo de tiempo y algún que otro desengaño. Puede que hubiese sido un atajo.

Conociéndonos y odiándonos con mi pelo

Dice mi madre que, cuando nací, ya tenía mucho, mucho pelo en la cabeza. Negro como el carbón. Salí despelucada y con el pelo parado; los otros niños eran calvitos, y yo ya traía un marañote acompañándome. Esa fue una de las primeras imágenes que muchos tuvieron de mí.

Mi pelo creció siendo delgadito, muy delgadito y rizado. Según mi abuela, lo primero era culpa de mi padre, que nunca permitió que me raparan la cabeza cuando era bebé (¿qué dirán? ¡una niña con la cabeza rapada!). Aunque, sinceramente, no creo que eso lo hubiese solucionado. Lo segundo, lo del rizo, era pura herencia.

Mi abuela no tiene el pelo rizado, y si alguna vez lo tuvo, nunca fue visible a mis ojos.
Mi padre, tampoco. Mi hermano, menos. Mis tíos, nada.
Nadie en mi entorno cercano… nadie.
Bueno, excepto, por supuesto, mi madre.

Ella y, como descubrí muchos años después, algunos antepasados de su lado paterno.
Aun así, entre unas cosas y otras, mi madre tampoco parecía llevarse demasiado bien con su pelo.
Así que el único ejemplo que tenía frente a mí eran unos rizos que también vivían en batalla constante con su dueño.

La vida siguió, y para cuando tenía unos 10 años y hasta eso de los 15, los gorros -o todo lo que me tapara la cabeza- y yo fuimos mejores amigos. Mi madre siempre creyó que era porque los adoraba (tenía como 15, no miento). La realidad es que los adoraba porque me evitaban tener que peinarme. Como podía, embutía toda mi cabellera debajo de ese trocito fashionable de tela mientras iba a clase. En Colombia estudiaba en un colegio lleno de niñas pijas, “de familias de bien”, con sus pelitos lisos y perfectos. En España que os voy a decir si era la única que no pegaba. Mis padres hacían un esfuerzo inhumano por mantenerme ahí, en esos mundos que no eran exactamente el nuestro, y no, no se me ocurrió mejor estrategia para camuflarme en un entorno donde todo parecía estar perfectamente peinado que desaparecerlo.

 

¿Te rizaste el pelo?

Toda esta reflexión comenzó hace cosa de un año (ejem… seis), durante una comida. En ese momento de mi vida yo ya había hecho las paces con mi pelo, y una prima me preguntó:

“¿Qué has hecho con tu pelo para rizarlo tanto?”

Mirad si es curioso lo mucho que conseguí esconderlo durante todos esos años, que ella estaba convencida de que mi pelo no era rizado. Ese verano del 2019, por mi cumpleaños, volvió a dejar caer la pregunta. Sigue convencida de que hace años decidí hacerme una permanente y cambiar mi vida. No deja de sorprenderme… y, la verdad, me hace mucha gracia.

No la culpo. Primero, porque no se me ve mucho por estos lados del mundo. Y segundo, porque cuando se me veía, era con un lacio perfecto, casi de peluca… o el pelo recogido, bien amarrado. Las pocas fotos que existen de mí “vestida para la ocasión” muestran ese pelo liso que no es mío, aunque lo estuviera cargando en la cabeza.
Ahí está, por ejemplo la de mi primer pasaporte, donde, además, se empeñaron en la peluquería en maquillarme y emperifollarme como si fuera a buscar marido (por cierto, es la única vez en la vida que me han maquillado), y algunas otras más que tampoco vienen a cuento y que, por supuesto, os voy a dar el placer de ver.
Durante el resto del año, mi pelo se escondía… o se mantenía atado.

Llegó la pubertad, y con ella, la adolescencia. Y con eso, la enemistad con mi pelo alcanzó un nuevo nivel. Tanto, que decidí… no sé, básicamente cargármelo. Me lo pinté de rosa, luego de azul, luego de lila… y eso sí: lo mantuve liso siempre que pude. Me hacía peinados extraños y me enfocaba en que fuera cualquier cosa… menos la que realmente era. Ahora que lo pienso, en esa etapa mi pelo también parecía estar harto de mí. Como si él también quisiera mandarlo todo a la mierda.

Cuando dejé de querer matarlo, volví a dejarlo crecer. Pero nada cambió. Durante años, mi abuela me enviaba desde Colombia unas pinzas de pelo (a petición mía) de las que aún conservo cantidades ingentes. Mi adicción a ellas es tal, que en mi última visita a Colombia, el año pasado, me fui directo a San Victorino a hacer acopio de otra buena cantidad. ¿Qué tienen de especial? Que son de plástico flexible —y eso era importante— porque, mirad si mi pelo y yo estábamos tan des amigados, que incluso dormía con la pinza puesta para no “enredarlo”. Le daba dos o tres vueltas de caracol, según el largo, y lo ataba a un lateral. Lo único visible de mi melena era un pequeño tumulto y un pinzón de color verde kiwi. Incluso mientras dormía.

Lo pienso ahora… y me da hasta dolor de cabeza.

 

Yo y mis rizos, mis rizos y yo

No sé qué sucedió, sinceramente.
No recuerdo el momento exacto.
Quizá fue algo orgánico.
Quizá tuvo que ver con que la peluquería dejó de ser una necesidad, y poco a poco simplemente dejé de ir.
Creo que la última vez que lo hice en mucho tiempo está capturada en una foto de cumpleaños, donde, por supuesto, luzco un liso japonés casi perfecto.

El caso es que me di cuenta de que, cuanto menos iba a que me cortaran el pelo, menos me odiaba.
Puede que fuera la edad —que a base de golpes te va enseñando a quererte—, o puede que fuera simplemente soltar esa rutina que, en el fondo, solo servía para hacerme pagar por acabar con una imagen que no era mía. Una imagen que, por algún motivo que ni siquiera entendía, parecía ser lo que el mundo esperaba de mí… y de mi pelo. Peluquera incluida. Porque si algo estaba medido en el secado, era que por supuesto tenían que alisarlo.
Yo nunca lo pedí. Siempre me fue impuesto.
Y tampoco me opuse. Siempre pensé que “debía ser así”.
Un planazo: iba, pagaba 30 €, salía adorándome durante cinco horas… y odiándome el resto de la vida.

Cuando volví a pisar una peluquería, más por necesidad que por ganas, empecé a evitar el secado. Muchas veces iba incluso con el pelo ya lavado, porque siempre me ponían productos para “alisar” que me seguían jodiendo el rizo. Empecé a pedir que me dejaran secarlo al aire. Muchos peluqueros insistían: que el secador, que el rodillito, que la plancha. Y yo tenía que pararlos. No me interesaba un corte que solo se viera bien con una versión falsa de mi pelo.
Y así, poco a poco, sin apenas darme cuenta, nos fuimos amigando.

Con el tiempo, mi pelo llegó a estar MUY largo. Y mientras intentaba aceptarlo, pensé que necesitaba ayuda. Así que compré mil y un productos para poder peinarlo, modelarlo, dominarlo… cualquier cosa que ayudara a mantenerlo “al margen”. Porque tener el pelo rizado, seamos sinceras, por supuesto también tiene que convertirse en una forma más de esclavitud. No vaya a ser que una sea feliz con lo que tiene. Mi vida se transformo en rutinas “curly” con 40 productos y dos horas al día, no sea que el pelo quede libre y al viento —que eso, ya sabemos, es de desarregladas—.

 

Tristemente, me di cuenta de que aquello no era aceptación. Era control.
Me sacaba de quicio, me quitaba tiempo, me agotaba.
Y aunque ahora mi pelo era público, visible, protagonista… yo, en el fondo, lo seguía odiando.

Pensad en vuestra infancia: ¿a cuántas presentadoras de televisión visteis con el pelo rizado? ¿A cuántas actrices? ¿A cuántas ejecutivas dominando el mundo con rizos al natural? Ya os lo digo yo: a pocas o ninguna.

El viaje y las paces con mis rizos.

Comencé a viajar y, con ello, comencé a curarme: del insomnio, de la ansiedad, del odio a mi pelo… y a mí misma. Poco a poco me fui dando cuenta de que lo único que necesitaba era un peine durante la ducha, y mi pelo lucía más que perfecto. Aprendí que la sal del mar nos sentaba a los dos de maravilla, que el viento en bicicleta nos hacía brillar a ambos. Poco a poco no solo lo fui dejando a su aire, sino que también empecé a enamorarme de él.

Así que abrí nuevos horizontes. Después de tenerlo tan largo como mi espalda, me lo corté por encima del hombro: lo justo para no poder esconderlo detrás de una pinza o un moño. Y, por primera vez, comencé a abrazar mis rizos tal y como salían de la ducha, tal y como se despertaban por la mañana.
Sin pinzas, sin gorros, sin planchas.

Mi historia con mi pelo llegó a su punto más álgido en enero de 2018. Me rapé la cabeza por completo. Lo hice porque sentía que me lo debía: a mí, a mi abuela (¡ja!) y a mi pelo. Sé que much@s no lo entenderéis, pero para mí fue un nuevo comienzo. Una liberación. Un recordatorio de que yo era mucho más que eso. Mucho más que mi pelo.

 

Así que me deshice de lo que, curiosamente, hoy es una de mis características más visibles, la misma que escondí durante tanto tiempo. Compré una maquinilla de 5 € en un mercadillo en medio de Malasia, en un arranque de no sé qué, y con la ayuda de Jesper… lo corté todo. Todo, todo, todo.

Caminé por el mundo con la cabeza al aire. Libre como nunca.
Algunos días me sentía Superwoman; otros, incompleta. Fue una montaña rusa de sensaciones que, desde luego, nunca pensé que me traería un simple rapado.
Pero volvió a crecer, porque eso es lo que hace el pelo, hasta llegar a hoy, donde lo adorno con lo que encuentro, duermo con él en la cara y me despierto con sus rizos aplastados y perezosos.

Lo que más me gusta es ver cómo, finalmente, somos una misma.
Cómo cambia con el clima, con el tiempo, con la vida.
Cómo me acompaña cuando estamos vagas y volvemos, culposas y cómplices, a las pinzas.
Cómo se lanza conmigo a comerse el mundo, una melena a día.

Me costó casi 33 años amarme. Por aquello de “siempre queremos lo que no tenemos”.
Pero no. De eso intentan convencernos. Porque les sale más a cuenta que nunca estemos contentas con lo nuestro.
Y lo digo en femenino, porque esto es muy de género.
Somos imperfectas. Pero no necesitamos un puto arreglo.

 

Así que ahora no pienso callarme con mi pelo, que le vamos a hacer. Porque no solo nos hemos amigado: lo amo. Y pienso lucirlo todo lo que me quede en esta roca flotando en el espacio. Afú! Dejarlo escrito me ha servido para valorarlo, para reconocer nuestro camino juntos. Y para ver si, de una vez por todas, mi prima se cree que tengo el pelo rizado 🙂