Se avecina tormenta: De Esquel a El Bolsón

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Esperamos y esperamos. Pasó una pareja joven de Concepción -Chile-. Nos avanzaron apenas unos diez kilómetros, ya que ellos iban hacia el sur. Poco después otra pareja nos levantó y más de lo mismo. Ellos iban a Piedra Parada así que nos dejaron antes de doblar hacia su camino. Lo que nos quedó allí fue un cruce de caminos -en medio de la nada- donde el pueblo más cercano estaba a cuarenta kilómetros. Una nube negra iba anunciando tormenta a nuestra izquierda.

Pensamos que nadie pararía. La verdad no era el mejor camino para hacerlo. La nube nos pasó por detrás y nos salpicó un poco. Mojados y solos, disfrutamos de los contrastes de la tormenta. El hambre comenzaba a apurar. Un conductor chileno, encargado de paquetería, nos paró. Acabamos en su camioneta las siguientes dos horas y nos llevó directo a el Bolsón.

Pecamos de tener las expectativas altas en el Bolsón. Todos nos habían dicho que era un lugar mágico que les había conquistado. Quizá fue culpa del mal tiempo, de las altas expectativas o de que el paso del tiempo todo lo arruina. La primera impresión que tuvimos no fue más que la de un pueblo cualquiera, atestado de turismo.

Los campings no bajaban de cuarenta pesos. En la cuna del ‘hipismo” pregunté a un artesano de la feria. Pensé que tendría una alternativa interesante -igual tengo una idea muy idílica de lo que es la gente-. No hizo nada más que decirme que el se alojaba en el refugio patagónico por cuarenta pesos –Lonely Planet style-, super bien equipado y por las noches fiesta electrónica… ¡Todo un hippie!

Caminamos hacia el norte. Cruzando el río nos dimos cuenta del verdadero Bolsón… del que nadie habla… el que ni tan solo aparece en el mapa… el sucio… el de las casetas inacabadas cubiertas en plástico. Por esa zona parecían estar los “campings” más baratos. Nos acercamos a uno llamado La Casita. La verdad no era caro. El problema es que estaba a reventar y la carpa sinceramente no cabía. Un pequeño jardín de una mujer parlanchina y de al parecer buen corazón, veinticinco pesos, se acercaba más a nuestro presupuesto. Decidimos volver a bajar el río y seguir buscado.

A la altura de un cartel -que anunciaba un camping llamado La Lomita- vimos a tres mochileras. Les pregunté y me dijeron que siguiera recto y que preguntara por Neli… Curioso… Neli resultó ser una verdadera hippie… y también una mujer pobre con una enorme familia. Neli ofrece su jardín, su cocina y su baño a diez pesos por persona. El lugar estaba atestado de carpas. La lluvia había convertido el polvo en barro. Plantamos la carpa antes de que fuese imposible y comenzó a llover como alma que lleva al diablo.

En casa de Neli se alojaban algunos de los artesanos y otra gente particular… Igual hasta eso era bonito… Igual eso era lo poco que quedaba de ese Bolson súper idílico que nos habíamos imaginado. ¡Que pena!, ¡no juzgaré!, pero en aquel lugar parecía quedar básicamente lo sucio y lo malo de lo que podría haber sido Bolsón en sus días de gloria.

Nos quedamos allí dos noches, simplemente por que teníamos la esperanza de que el tiempo mejorara para poder hacer el camino hacia Cajón del azul. El tiempo no mejoró y esa misma mañana decidimos seguir nuestro camino hacia Bariloche. Nos despedimos de Neli y de su familia… y partimos.

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Un poco de sur

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