Salta, la linda.

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Encontramos información de un camping, pero el como llegar no lo teníamos muy claro. Así que con las maletas a cuestas caminamos por la ciudad. Finalmente, y después de al menos una hora rondando y preguntando, encontramos la famosa parada del 3B, que nos llevaría en dirección al balneario y camping municipal. Si preguntan, normalmente alguien sabe qué bus va hacia allí, y de hecho no está a más de media hora caminando del centro. El problema es llegar de noche y estar desubicado.

Camping Salta

Somos un poco tontos, pero por que no lo sabíamos. Entramos al camping a eso de las once y media de la noche. He de decir que es el mejor camping que hemos encontrado en Argentina, sobre todo si tenemos en cuenta el precio y su estado. Pagamos treinta pesos argentinos por lo dos, siete por persona y dieciséis por la carpa ¡créanme todo un chollo!. El camping -que es de hecho un recinto municipal- tiene una de las piscinas más grandes que jamás haya visto en mi vida. Cuando nosotros llegamos la tenían a medio llenar… solo su parte mas honda y, créanme, es algo impresionante. Los campistas pueden usarla cuando quieran. El recinto de duchas de la entrada es fantástico: duchas calientes, razonablemente limpias y las parcelas están repartidas en una superficie enorme, lo que hace posible distribuirse por el lugar sin ser apenas molestado. ¡Todo un lujo!

Pues bien, allí hicimos noche. Digo que somos un poco tontos por que pagamos dos días, pero de haberlo sabido habríamos pagado solo uno; ya que de haber llegado pasadas las doce de la noche, el día anterior ya no contaba ¡tomen nota!

¡Salta es linda! Sí… lo és. Ciudad colonial de hermosas plazas, calles repletas de gente, comercios tanto modernos como típicamente sudamericanos; a rebozar de gente. De hecho,  Salta era la primera ciudad argentina que se parecía más al norte del continente que al resto del país -y es algo que se acentúa conforme vas subiendo-. Fue también en Salta donde conocimos las humitas -gracias a la recomendación de Daniel- y no hemos dejado de comerlas y probarlas, de todo tipo hasta ahora.

Mochileros salta

Seguíamos con la intención del alquiler de un coche. Era sábado y, al parecer, todos los agentes cerraban a la una de la tarde. Solo un par de ellos volvían a abrir y, según nos dijeron, nada estaría abierto al día siguiente. Conseguimos algunos presupuestos los cuales se nos salían totalmente de las manos. Volvimos, con la cabeza baja, a abandonar la idea de alquilar.

Con mucho pesar también, acabamos decidiendo que nuestra aventura a las cataratas de Iguazú no iba a ser posible. No solo por dinero -que también era un problema- sino por tiempo. Nos encontrábamos en la ruta 9 con cabeza hacia el norte, e ir y volver de Iguazú iba a costarnos al menos quince días. Esto nos apartaría demasiado del itinerario que teníamos planeado.

Iguazú fue un malabarismo. Cambiamos de opinión cada día y, de hecho, por esta razón acabamos teniendo más pesos argentinos en nuestro poder de los que deberíamos, y eso también era un problema. Debido al cambio mal ajustado que pretendía imponer el gobierno y al mercado negro, los pesos argentinos no valen nada fuera del país. Nadie da el cambio “oficial” por ellos y en ningún otros país -aparte de algunas pocas ciudades de Sudamérica- van a penas a recibirlos. Si lo hacen, pagan una miseria por ellos.

Después de mil y un cambios le dimos a Iguazú un no rotundo, mientras disfrutábamos de Salta y pensábamos que siempre hay que dejar algo sin ver como excusa para volver.

Paseamos por Salta y descansamos en el camping. Fueron unos días de relax de los que disfrutamos mucho. Pero… como siempre…  en este constante movimiento… llega el momento de irse. Queríamos llegar a Jujuy. Son solo cien kilómetros los que separan a ambas ciudades y rogamos por que no nos costaran tres días de viaje.

Mochileros salta

Para salir de Salta tomamos un bus de quince pesos que nos llevo a General Güemes. Una vez allí, hicimos dedo en el semáforo; recordando Ojo de agua. Pasados unos minutos -quizá más de trienta- una pareja paro por nosotros. Laura era bioquímica y él médico. Ambos ya mayores. Acababan de despedirse de su hijo, al que habían dejado en Córdoba -pues allí estudiaba- y venían desde esta ciudad. Ambos resultaron ser un encanto. Hablamos un poco por el camino… como siempre. Finalmente,  nos preguntaron a dónde íbamos o en dónde nos alojaríamos. Les comenté que el único camping que habíamos encontrado se llamaba el Refugio, en el Yala. Fue curioso ver cómo se les iluminó la cara. Resulta ser que el lugar es bonito, y ellos suelen ir allí los fines de semana a hacer una barbacoa y pasar el día.

*Aquí un post de turistear, por si no sabes Que ver en Salta

Nos llevaron directamente hasta allí y, en efecto, el refugio es un buen lugar donde “aterrizar”: piscinita, bonitos espacios e incluso Wifi; todo veinticinco pesos por persona. Los precios iban bajando considerablemente y es algo que agradecemos. Nos instalamos en el refugio, intentamos cocinar algo y descansamos en Jujuy aquella noche.

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Un poco de sur

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