Mustafa, su camión y nuestra llegada Persepolis

*Puedes leer sobre nuestro paso por Yazd aquí

Dejamos Karanaq al día siguiente con calma y volvimos a levantar el pulgar, nuestro siguiente destino sería Shiraz, la ciudad de la que todo iraní va a hablarte hasta que se haya cansado. La distancia era larga, más de 525 km y algunos de ellos en vías de poca concurrencia, sabíamos que podíamos tardar más de lo normal pero no nos imaginábamos que serían finalmente 2 días hasta que pondríamos un pie en Shiraz.

Salimos temprano y contamos con muchísima suerte para dejar el pueblo y volver a la ruta inicial, pero poco a poco los levantes se hicieron menos seguidos y las distancias recorridas más cortas. En algún punto, parados en una intersección de la que no consigo acordarme, un camión naranja destartalado pero adorable nos abrió sus puertas, allí estaba Mustafa.

Mustafa aún tenía que cargar el camión pasa seguir adelante, así que nos preguntó si nos importaría a lo que nosotros obviamente le dijimos que no. Pasamos más de una hora subidos al camión sin saber exactamente donde íbamos, inmediatamente nos dimos cuenta de la velocidad de nuestro nuevo compañero, aquel bicho naranja no iba nunca a más de 50 km, y eso, cuando aceleraba. Aunque tan solo nos quedaban unos 400 km para llegar nos dimos cuenta de que sería imposible hacerlo durante ese día.

 

La música, sus risas y las paradas esporádicas para hacernos probar todo tipo de comida y snacks (alguna riquísima, otra que hasta a Jesper le costó digerir) nos acompañaron durante todo el camino. Con nuestras 10 palabras en Farsi (ahhh amigos, lo bueno de hacer dedo es que el lenguaje y la creatividad se multiplican) y su inexistente inglés nos comunicábamos como podíamos.

El día comenzó a caer y nosotros no estábamos ni seguros de si habíamos conseguido comunicar nuestro destino correctamente con Mustafa, pero de lo que si estabamos seguros era de que no llegaríamos, así que comenzamos buscar lugares donde poder dormir o poner la tienda de campaña al lado del camino. Lo que no habíamos entendido era que Mustafa ya tenía planes para nosotros desde el momento en el que nos subió al camión, nos llevaba a dormir a su casa, al día siguiente él seiguiría con su recorrido hasta Shiraz.

Llegamos al pueblo de Sa’adat Shahr donde compramos algunas cosas para cocinar antes de hacer el kilómetro restante que lo separaba de su hogar. Ver a Mustafa allí fue de lo más interesante, un pequeño pueblo donde todo el mundo lo conocía y él se pavoneaba por llevarnos encima. Pasamos por la panadería y los curiosos se acumulaban alrededor del camión, la voz corría rápidamente y al llegar a la frutería ya nos saludaban por las ventanas, durante 10 minutos nos sentimos como parte de la realeza.

Nada más llegar nos esperaba una nueva sorpresa, tanto su suegra como su madre estaban rezando y luciendo un chador para cubrirse (todo el cuerpo con una gran tela menos la cara), me sentí un poco incomoda, pero contra todo pronostico lo primero que me dijeron es que me sacara mi Hijab mientras me decían en una mezcla entre inglés, farsi y señas algo así como “mi fe no es la tuya”. Al terminar sus oraciones dejaron el chador a un lado y se pusieron manos a la obra en la cocina y en menos de 15 minutos ya estábamos todos sentados en la alfombra disfrutando de la cena.

 

En su casa conocimos también a su niña recien nacida, y si Mustafa era un hombre de porsi pequeño, ya era encantador, con aquella niña en brazos se transformo en un pedazo de caramelo. Cuando creía que ya nada podía sorprendernos la madre comienza a amamantar a su hija aún sentada en la alfombra frente a nosotras, una mujer que hace apenas 30 minutos cubría su cuerpo entero con un chador no pareció tener reparo alguno en algo que incluso en nuestra sociedad sigue siendo un tema absurdo de controversia.

Dormimos en el salón, como siempre con nuestros aislantes en la alfombra y con algunas mantas prestadas encima, al día siguiente temprano Mustafa nos llevó hasta la intersección donde se encuentran los caminos de las tumbas de Naqsh-e Rustam y Takht-e Jamshid (el nombre con el que los locales conocen a Persepolis) y nos despedimos con un fuerte abrazo, le dimos nuestra herramienta multiusos que pareció disfrutar durante todo el viaje el día anterior y nos dijimos adiós.

Nunca olvidaremos esa noche en casa de Mustafa, como llevamos diciendo desde que nos metimos en esto: El viaje son las personas.

 

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