10 cosas que aprendí viajando

Viajo desde que puedo permitírmelo, desde que tengo uso de razón. Todo comenzó con 16 años y pequeños intercambios en el colegio, luego siguió con viajes (con mi entonces pareja) de una semana cada vez que podíamos y teníamos el tiempo para ello. Finalmente, a los 19 años realice mi primer viaje sola (visité Berlín, casualmente ciudad en la que ahora mismo tengo lo más parecido a un hogar). Viajé sola nuevamente a otros lugares de Europa y mi obsesión siguió y siguió creciendo encontrando su punto más alto desde que Jesper y yo estamos juntos, es decir, desde el nacimiento de este blog. Desde entonces hemos viajado sin billete de regreso, conocido Sudamérica y gran parte de Asia y tenemos planes para seguir haciéndolo.

Algunas veces me he visto “juzgada” por mi pasión por viajar… por eso de no tener la misma pasión por ser directora de marketing de una gran empresa o algo similar, o la misma pasión por ser madre. No sé, igual algunos creen que estoy malgastando mi vida, que nunca conoceré lo que es ser exitosa o que no me preocupo por mi futuro (algo de lo que en todo caso de eso ya hablamos en el post ¿Y tú, qué haces con tu vida?) así que hoy vengo a hacer una reflexión sobre algunas cosas importantísimas que aprendí viajando. Por que como siempre he dicho, viajar ha sido para mi la universidad de la vida.

Atención, no quiero vanagloriar viajar, ya lo dejé también claro en otro post. Viajar no es perfecto, no es la única opción para disfrutar de la vida y desde luego no es para todos. Pero para aquellos que hayan encontrado en esto su pasión y tengan dudas, tanto por el que dirá su familia, como el “que hará con su vida”, dejo esta lista de las 10 cosas más importantes que aprendí viajando, por si ayuda a despejar las dudas y a finalmente tomar ese paso, que aunque algunos crean en falso, será el mejor de vuestras vidas.

 

Viajar me ha enseñado a hablar otros idiomas

El aprendizaje más importante de todos, ahora soy capaz de decir gracias y perdón en mil lenguas -bueno igual no tantas, pero ya me entendéis- se contar hasta 10 en tailandés, Bahasa, alemán, francés, italiano, portugués, catalán, sueco… (y además me ha servido, no solo viajando) y me he enamorado de palabras sin traducción en cada uno de los idiomas con los que he tenido la suerte de convivir.

Se aprende mucho de una cultura gracias a su lengua y he tenido el privilegio de recorrer unas cuantas, de enamorarme en diferentes alfabetos y de recordar, muy a menudo, que las señas, las miradas y las sonrisas son muchas veces suficientes para atravesar la barrera de los prejuicios.

 

 Viajar me ha enseñado a controlar mis finanzas personales (y las de otros..)

Si bien esto siempre ha sido un punto fuerte en todo lo que he hecho, ha llegado a su momento más destacado viajando y desde que comenzó no ha parado. Para mi siempre  fue muy importante controlar el dinero ya que nunca conté con demasiado, viajando además me permite estirar la ruta al máximo y por lo tanto, seguir viajando. Cuando hasta una botella de agua cuenta en tus posibilidades de seguirte moviendo haces lo posible para comprender lo que está pasando en tu bolsillo, y así sin duda aprendes cosas que luego te das cuenta deberían haberte enseñado en la escuela porque son básicas para la supervivencia en el mundo adulto.

Si además tenemos en cuenta que desde hace más de tres años me lancé como Freelance y desde hace dos he creado dos empresas está claro que no ha sido en vano y que cada uno de esos aprendizajes han sido de utilidad.

Viajar a Pakisán mujer

 

Viajar me introdujo en mi mundo laboral actual

¿Quién iba a decirlo verdad? lo que comenzó como un simple refugio, un diario y una ventana de mis viajes para mis amigos y familiares es hoy en día es un sitio visitado al día por cientos de personas buscando información para los suyos.

Gracias a nuestros viajes nació este blog y gracias a él me hice un hueco en una empresa enorme de venta de comida online donde aprendí muchísimo sobre procesos básicos de mercadeo, aptitudes técnicas básicas para seguir adelante que fueron la base de todo lo que estaba por venir. Todo eso no habría sido posible sin dar el primer paso y salir por la puerta con mi mochila, no estará directamente relacionado pero mirando hacía atrás todos los puntos conectan, aunque algunas veces en su momento no tuviesen ningún sentido.

 

Viajar me llevó hacía una vida minimalista y más plena

Cuando tu casa es una maleta de 10 kg mejor eliges bien lo que te llevas contigo y lo que no. Solo entonces te das cuenta que no necesitas 60 camisetas para combinar con tus 30 pantalones que quizá nunca vas a ponerte más de 3 veces en un año, con 4 haces y te sobra. Entonces dejas de comprar ropa porque sabes que no vas a usarla, y más importante aún, no vas a cargarla. Así que aprendes que todo aquello que decides poner en tu vida ha de tener un motivo y una razón de peso suficiente, y todo, todo, será usado hasta que su vida útil lo permita, remiendos y arreglos de dudosa calidad incluidos.

Gracias a viajar deje también de comprar otro tipo de objetos a los que, viajando -por ende, viviendo- no les ves ningún tipo de función: esa colección de borradores deja de tener sentido (no es que la tenga, pero oye igual habría tenido una), las tonterías para la cocina tampoco te sirven de nada, el día que tienes un hogar acabas viviendo sin un microondas porque es absurdo tener otro electrodoméstico que haga lo mismo que otros que ya cumplen su función… y cosas por el estilo.

Al final te das cuenta: Menos es MUCHO más.

 

Viajar me quitó mis trastornos de sueño

Antes de salir de viaje sufría de un insomnio constante, ese mismo insomnio llegó a llevarme al médico en más de una ocasión. Por supuesto todo esto está relacionado con el estilo de vida que lleves pero… yo era de esas personas que no conseguía conciliar el sueño bajo ninguna circunstancia, no podía dormir si había un pequeño led brillando, si entra un rayito de luz por la ventana o si hay un ruido de un reloj. Mi cama perfecta era una habitación casi envasada al vacío.

Viajando y durmiendo en una tienda de campaña durante más de 30 noches seguidas me quito la tontería, no solo eso sino que incluso al volver a la vida estática fue tal el cambio que aún tiene efecto y lo ha seguido teniendo. Ahora duermo como una roca, son las 11, las 12? las 8 pm da igual, si hay que dormir se duerme y me da igual si es en una hamaca al aire libre, en el suelo de un tren, en un sofá de medio metro. Me da igual si hay mejores o una autopista.

Otro de los cambios que más me gusta es que ahora duermo con ventanas sin persianas, en la tienda de campaña la hora de despertarse es a la hora de salir el sol, cuando la luz roja de la tela se planta en tu cara y comienza a hacer calor, el momento perfecto para aprovechar el día… Eso hago ahora y pasé de ser la persona más noctámbula del mundo a una bastante madrugadora. Hoy mismo, un domingo a las 6 de la mañana estaba ya despierta haciéndome una limonada.

 

Viajar me enseñó a planificar y a ser flexible

A tener plan a, plan b, plan c, plan d (o ningún plan en su defecto). Esto puede sonar contradictorio pero no lo es porque se aplica a situaciones distintas. Al viajar sin un plan estipulado hay que crear mil planes para situaciones mínimas que pueden ser un problema de no estarlo ¿Qué pasa si hoy no nos levantan? ¿qué pasa si nos pilla la noche haciendo dedo?  ¿qué pasa si se nos acaba el agua? ¿como vamos a cruzar ese río?.

El 90% de los casos se trata de cosas pequeñas, no de situaciones a largo plazo, pero son necesarias para poder contar con todo y terminar vivo y al final lo haces por pura necesidad sin apenas darte cuenta. Hoy en día aplico mucho de esto en mi día a día.. Es algo así como esperarte lo mejor (o no esperarte nada incluso) pero prepararte para lo peor.

 

Viajar me mostró la realidad del privilegio y me enseñó a ser agradecida

Cuando te das cuenta de que estás donde estás y has cruzado las fronteras que has cruzado gracias, en gran parte, a motivos en los que tu no has tenido nada que ver comienzas a darte cuenta de lo afortunado que fuiste en el juego de la ruleta rusa.

Si estás leyendo esto lo más probable es que tengas una familia con la que contar, hayas podido asistir a la escuela, una infancia medianamente feliz vacía de responsabilidades adultas y un techo y un plato siempre en tu mesa.

Cuando te das cuenta de que mucha de esas cosas no han dependido jamás de tu trabajo o de tu “esfuerzo” te das cuenta de que no, la suerte no es una actitud, es algo muy real y tu te has llevado una parte muy importante, solo a partir de entonces aprendes a ser agradecido, agradecido por cada atardecer que pasa, por cada plato que te ofrecen y cada sonrisa que intercambias. Desde que me he dado cuenta de lo afortunada que soy vivo más feliz, mi vida tiene más sentido y dejo de intentar llenarla con cosas que no voy a llevarme a la tumba conmigo.

 

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Viajar me ha enseñado a confiar, a confiar por encima de todo

La vida es muy triste desde la pantalla que te dice que todo lo que sucede en este mundo es malo, que todo el mundo está buscando una oportunidad para aprovecharse de ti, que no queda absolutamente nada bueno en el ser humano.

Yo he confiado, algunas veces queriendo, la mayoría sin alternativa y si bien he salido decepcionada en algunos casos, podría decir que casi todos han sido un recordatorio de que la gente es buena, de que hay más amabilidad en este mundo de la que podamos imaginarnos, de que son más las cosas que nos unen que las que nos separan.

Confiar me ha hecho más libre, me ha mostrado lo absurdos que eran mis miedos (y que son los mismos que los de todos aquellos que me cruzo) y en general, me ha hecho más feliz. Este mundo sería otro lugar si todos aplicáramos un poco más de esto.

 

Viajar me ha enseñado a ser más paciente

Vivimos en una sociedad en lo que todo pasa muy deprisa, corremos hasta rompernos las piernas por tomar el metro que está pitando para cerrar las puertas, nos desesperamos en la cola del supermercado porque la señora quiere pagar con tarjeta, somos incapaces de esperar, pero aún, somos incapaces de disfrutar esperando, todo es inmediato y todo termina poniéndonos de los nervios.

Solía ser una persona MUY impaciente, y si bien es un mal que aún no tengo del todo corregido si que puedo decir que en los últimos 7 años soy una persona distinta. Lo importante es el camino, no el destino, así que lo mejor y más sano es que aprendamos a disfrutar de él.

Le he tomado cariño a las colas, a los buses de 20 horas, a los ferrys que nunca aparecen y no nos permiten movernos. La vida es aquellos que se nos pasa quejándonos y estando estresados.

 

Viajar me hizo dar el paso final a ser vegetariana

Durante mucho tiempo lo tuve en la cabeza, siempre he sido una amante de los animales y siempre me sentí como una hipócrita por no comenzar a cambiar mis hábitos basados en mis principios. Durante mucho tiempo use la excusa de pensar que sería imposible pero poco a poco y después de ver la muerte más de cerca (de los animales) comencé a darme cuenta de la desconexión entre la carne y nuestra sociedad. Del asco que me comenzaba  dar la carne envasada, las salchichas… pero sobre todo, de la sobresaturación de la carne en nuestra alimentación diaria. Por algunos países por los que pasamos literalmente era casi imposible acceder a algo “común” sin pensar mucho, que no tuviese carne. Llegué a cansarme de comerla hasta tal punto que finalmente decidí dar el paso e intentarlo.

La realidad es que fue mucho más fácil de lo que me esperaba y mucho más interesante de lo que parece. Ahora me doy cuenta de lo que como porque en muchos casos tengo que pensar en ello y, si bien el veganismo sería algo más acorde con lo que estoy buscando, al menos he dado el primer paso.

 

Seguro que me dejo cosas en el tintero, pero casi 2000 palabras después creo que esta lista resume lo que quiero decir de una manera muy acertada, viajar me ha cambiado la vida y lo ha hecho para bien, viajar ha sido un constante aprendizaje y un constante cambio y no, no es una receta para todos, pero desde luego, no podría haber encontrado mejor receta para mi.

 

 

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