Llegamos a Cartagena con muchas expectativas encima, es más, nos quedaríamos 4 noches ya que supuestamente se trataba de uno de los lugares más bonitos de Colombia. El lugar donde mis padres tuvieron su luna de miel y esas fotos mágicas rondaban por la casa, tenía muchas ganas y curiosidad por conocerlo, después de un viaje de 5 meses por Sudamérica lamento tener que dejar este testimonio de una de las ciudades de la que más esperaba…

Llegamos de noche, esto nunca nos suele ir bien. No podíamos pagarnos ni queríamos ninguno de los lugares dentro de la muralla así que nos dirigimos a Getsemaní, había algunos hostales que también se pasaban de largo con el precio y no parecían ser ni interesantes. No se ni como ni porque terminamos en un moridero de mala muerte, donde el tipo que lo regentaba daba más asco que todo el sitio junto…. Bueno sí sabemos como, era muy tarde y no quisimos seguir andando por las calles, estábamos cansados y necesitábamos dormir, en solo 10 minutos que caminamos por el barrio nos ofrecieron heroína 3 veces -entre otras cosas-, me quede parada sin las mochilas un momento y me vinieron dos turistas borrachos a “buscar mujer”. Así que nos metimos allí y odiamos un poco nuestra primera noche en aquella ciudad, no le dimos mucha importancia, las primeras noches, cuando llegas tarde y cansado no suelen ser las mejores.

Cartagena de indias

Cansados como estábamos intentamos dormir, pusimos los sacos y nos metimos dentro aún con el insoportable calor que hacía solo el hecho de tener contacto con el colchón era algo impensable. Algo dormirnos, poco más bien, y a la que aclaró dejé a Jesper recogiendo y me fui a buscar un lugar donde dormir con la luz del día y sin tanta prisa. Encontramos una casita con unas 4 habitaciones en alquiler, lamento decirles que no recuerdo el nombre, pero estuvimos el resto de la semana encantados, Carlos y Maria fueron nuestra compañía, nuestro paño de lagrimas y el motivo de este escrito.

Salimos a recorrer la ciudad y aparte del calor intenso sentíamos una angustia horrible. Primero paseamos fuera de la muralla, por el barrio de Getsemani y un poco más al sur, no veíamos más que miseria… Dentro de las murallas Cartagena parecía un “cuento de hadas” todo muy Disney world hecho para turistas, balcones con flores de colores, palenqueras vendiendo fruta por la calle vestidas con la bandera colombiana para que turistas las fotografíen sin importarles un carajo (a la mayoría) ¿de donde viene lo de “Palenquera”? olvidando así que fue San Basilio de Palenque el primer pueblo de esclavos libres en América y el único lugar del continente donde actualmente se habla una mezcla criolla del bantú africano y el castellano… Pero claro, eso no importa si hay carruajes de caballos andando por los adoquines, si hay cocteles caros… ¿Cómo podía distar todo aquello tanto de la realidad?

Dentro de las murallas hordas de turistas haciendo fotos, hoteles 5 estrellas con techos presuntuosos… Fuera de las murallas, drogas y mucha, mucha miseria y gente sobreviviendo siempre con una sonrisa en la cara. Eso sí se me quedó en la memoria, las vendedoras de arepa sacando adelante a su familia, abandonadas por un sistema político que prefiere el turista de mucho dinero y de poco interés y respecto. Hasta Jesper llego a sentirse incomodo y por primera vez –porque no es que le apasione demasiado- decidió tomarme de la mano al andar en un intento de “protección” que no comprendí hasta que me pregunto respetuosamente “¿Estás a gusto?

Creo que era tan evidente que el cuerpo se me ponía patas arriba cada vez que nos inspeccionaban con la mirada que no le quedo otra que preguntarme y tomarme la mano. Cada 6 de 10 personas que nos cruzábamos me miraba como si fuese una prostituta por andar a su lado. Él, para mi sorpresa, admitió sentir lo mismo.

Volvimos al hostal y no quisimos salir de allí en un día entero, nos dolía la cabeza, odiamos  esa Cartagena más que ningún otro lugar en todo nuestro viaje, aquel hervidero vendiendo falsedad, la gente que “ignorante” nunca sale de las murallas y se va con sus postales de Disney world contento a casa habiendo bebido cócteles en lugares caros. Nos dolió saber que gente como María o como Carlos nunca podrán “disfrutar” de su propia Cartagena que ha sido atestada y vendida a los turistas. Nos dolió todo tanto que no salimos al día siguiente.

Cartagena de indias

Después de descansar quisimos darle una oportunidad a la famosa “Isla Barú”, si llegamos a saber lo que vamos a encontrarnos mejor nos olvidamos. La ruta “aceptada” para llegar a Isla Barú es mediante lanchas cargadas de turistas que salen del ‘puerto turístico” por supuesto dentro de las murallas, de allí, dentro de su mundo Disneyland te llevan en lancha motorizada a Isla Barú. “El paraíso del caribe a solo 50.000 pesos de distancia” de todo esto no tenemos fotos porque la verdad, no estábamos para tonterías.

Nos negamos a hacer el trayecto en lancha cuando nos enteramos de que podíamos hacerlo por tierra. Muchos niegan la existencia de la ruta porque claro, significa salir de toda su porquería falsa y redundante e igual alguien se da cuenta de que Cartagena no es lo que se vende en las revistas turísticas, igual se dan cuenta de que hay gente que vive en la ciudad y se gana su pan cada día, sin piscinas de lujo, sin desayunos buffet. El puente que une la tierra con Barú se abría hace cosa menos de un año solo gracias a la insistencia de los habitantes de la comuna de pasacaballos que no tienen 50.000 pesos para irse a dar una vuelta en lancha. El día que se inauguraba se podía leer en los periódicos cosas como esta:

“Estamos agradecidos porque sabemos que ahora la gente puede pasar sin miedo, además porque nosotros, nuestros hijos nunca habían visto un puente. Solo les pedimos que no se olviden de nosotros.”

Tomamos el bus de Cartagena a Pasacaballos por solo 1.800 pesos, estuvimos en Pasacaballos unos minutos hablando con la gente, algunos sorprendidos de ver al mono por allí, otros aún más de verlo conmigo. En Pasacaballos hay una prisión y un poco más al sur las casitas y favelas de muchos de los desplazados por la violencia de este país que es mío que prefiere esconderlos debajo de la alfombra y crear paraísos de turistas en medio de murallas a unos pocos kilómetros de allí en vez de invertir en la educación de su propia gente, en vez de ofrecerles una ciudad para vivir. Gente abandonada a su suerte que después de huir de la violencia ha acabado en la esquina del mundo que nadie quiere mirar. Así que claro, la gente a la que preguntamos para llegar al lugar no podía más que mirarnos sorprendidos en nuestro interés por pasearnos por “esa zona”.

En Pasacaballos también hace apenas menos de 6 meses aún existían bandas de “Ángeles negros” y extorsionistas que mataban a gente a balazos por cualquier tontería, pero claro, eso no pasa en Cartagena, lo que pase fuera de las murallas no es el problema de nadie. Eso no sale en las revistas, para eso no hay postales.

Seguíamos asqueados, no podíamos evitarlo el cartón piedra nos hacía daño, sobre todo ver después de poder apreciar parte de la real Cartagena, la que lucha por sobrevivir con una sonrisa en la cara mientras otros se dedican a destruirla. Después de la conversación con el tipo adorable del puestito de cerveza tomamos un mototaxi por 9.000 pesos, subidos en la moto es cuando tienes el placer de ver la realidad de la ciudad. Cruzado el famoso puente vemos lo que es Barú (en su parte trasera) y esta muy lejos de ser la playa paradisiaca que nos venden en los panfletos.

La realidad es un parking a reventar, gente para aquí y para allá y basura por TODOS lados (muchísima basura). Caminamos hasta llegar a playa blanca y nos dimos cuenta de que aquel supuesto paraíso que teníamos en la cabeza, ni que fuese por solo un segundo, no existía, de que no tenía nada que ver con el suelo de Palomino o la paz de Cabo de la vela y de que Cartagena, en la extensión de nuestra experiencia iba a ser una real mierda.

Volvimos ese mismo día un par de horas después de la misma manera en la que fuimos y no salimos más del hostal, estábamos tan enfadados con el mundo y con nosotros mismos que no conseguimos reponernos, como habíamos podido ser tan inocentes y estúpidos y no habernos quedado en algún hermoso lugar de la costa colombiana mientras estábamos allá atrapados en esa ciudad de cartón pierda. No pudimos movernos, no fuimos a San Basilio de palenque por no tener que sufrir más aquello que tanto estábamos odiando y que otro mito se me cayera.

Cartagena fue nuestra última parada en Colombia antes de tomar el avión a Madrid y nos dejo con un sabor de boca tan amargo que no puedo expresarlo ni en 2000 palabras.


Aclaración final después de recibir muchos comentarios, cuando me refiero a que me repugna me refiero a que me entristece hasta el punto de darme una rabia infinita, me repugna moralmente. ME DUELE.

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¿Como no va a darme rabia ver como un lugar tan hermoso se ha convertido en una especie de disneyworld mientras la realidad se va a la mierda al lado?  Todo es “genial y fantástico” De día te das unas vueltas en carruaje, de noche vas a a buscar putas y heroína, porque para eso van muchos turistas a Cartagena…

Ese es el turismo de mierda que estamos permitiendo que llegue y al que seguimos llamando, al que no nos cansamos de venderle “Ven a Cartagena, desayuna en tu hotel 5 estrellas y de noche ve a comprar a quien quieras” y sí seguimos así poco nos va a quedar de un lugar tan emblemático y único y a todos debería repugnarnos.

Las ciudades no están hechas para ser museos visitados por unos pocos privilegiados, las ciudades están hechas para ser vividas.

No el problema no es Cartagena, el problema somos nosotros que lo permitimos.