De Ráquira a Bucaramaga, Papi quiero piña

*Lee sobre nuestro paso por Dichó y Villa de Leyva
Después de mi experiencia con el pasado nos marchamos de Nobsa, Jesper con una borrachera de cerveza (al pobre no hacían más que darle de beber) y yo con el corazón en un puño.

Por los alrededores de la tierra no nos perdimos la visita a Ráquira, en mis buenos recuerdos la tenía. Compre un par de Iglesitas de colgar en la pared, de esas que recuerdo haber coleccionado con la familia cuando era pequeñita. Nos dimos una vuelta corta por el pueblo de color y volvimos al apartamento en Duitama para prepararnos para la partida. El siguiente destino sería Bucaramanga.

Conseguimos billetes de bus en la terminal de Duitama por 40.000 pesos colombianos cada uno y nos embarcamos sin esperarnos el viajecito movidito que tendríamos. También tenia familia esperándonos en Bucaramanga a la que no había visto hacía ya varios años así que sería un viaje interesante.

El viaje fue horrible, la carretera no hace más que dar vueltas y el mareo no se lo quita nada ni nadie, las 7 horas en el bus fueron un sufrimiento. Unos 30 minutos antes de la llegada me puse en contacto con Teresa para concretar el puesto de recogida y donde tendríamos que bajarnos… Sin dudarlo un segundo me respondió:

“Dile al conductor que te baje en Papi quiero piña”

Yo no pude evitar soltar la carcajada y entre murmullos, porque la conversación comenzó a tener un tono más que absurdo, le pregunte “¿Cómo así en papi quiero piña?” dado ese punto no sabia si me estaba hablando de un puticlub, un bar, un pre-escolar o donde.

Seguimos hablando de Papi quiero piña y temiéndome lo peor -el humor de mi familia es más bien particular- acepte que tendría que pedir parada en Papi quiero piña, me acerque al conductor, pregunte con las instrucciones, me miro con cara de loca y me dijo: “Si, Claro”

Yo no le di más importancia a la cuestión y la historia no seguiría de no ser porque 30 minutos después, el billetero (el que va con el conductor de acompañante) comenzó a gritar y a bailar cómo loco por el pasillo del bus mientras cantaba con melodía de merengue “¡Papiiiiii, quiero piña!”

Todo el bus soltó la carcajada, incluso aunque muchos ya conocían el nombre de la particular estación que es de hecho un restaurante. El espectáculo fue tal que algunos se levantaron a bailar.

Llegamos, mareados y felices.

Sigue leyendo: Bucaramanga y la llegada a La Guajira 

Un poco de sur

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