Manizales, la tierra que la vio nacer

*Lee sobre nuestro paso por Salento y el Valle de Cocora
Dejamos Salento a los pocos días y nos dejó con un muy buen sabor de boca…  Un pueblo hermoso lleno de encanto, turístico, sí, pero aún con mucho que ofrecer. Gente amable y acogedora e increíbles paisajes.

No teníamos muy claro que ruta seguir, nos planteamos pasar por Pereira, por Armenia… Teníamos amigos esperándonos en ambas ciudades pero el tiempo vuela y la carretera se lo traga todo a un ritmo increíble… Había una ciudad que no podría evitar: Manizales.

Nos pusimos las maletas al hombro -como de costumbre- nos despedimos de nuestros amigos y tomamos un bus a Pereira por 6.000 pesos cada uno. De allí salimos directos a Manizales por 10.000 más cada uno. Por el camino conseguimos contactar con Lola. Era increíble pero teníamos donde dormir sin tener que preocupamos.

¿Quien es Lola? Bien lectores, Lola, de por sí, merece un libro entero, y les aseguro que ni eso sería suficiente para contar lo que sus ojos han visto. Lola, ya de una edad, vio crecer a mi abuela, y a mi madre y, de lejos, a mi misma. Desde que tengo memoria Lola tiene la cara llena de arrugas, de esas que el tiempo y el sol marcan con mil historias y mucha sabiduría, Lola es un tesoro.

Nevado del ruiz

Tomamos el telecable, ese famoso teleférico que es casi un símbolo de la ciudad y que conecta de manera increíble una población marcada por montañas y desniveles. Compramos provisiones en el supermercado y nos dirigimos a su casa. El Nevado del Ruiz espectacularmente blanco y activo, humeaba al fondo dandole un toque surreal al paisaje, así durante toda nuestra estancia, siempre presente, imponente.

Tocamos el timbre del edificio y allí estaba ella, de menor tamaño, con sus piececitos frágiles y con mucha energía nos abrió la puerta. El acento paisa que siempre la ha acompañado no había cambiado en absoluto y volvió a mi memoria esa misma mujer con esas misas arrugas que conocí muchos años antes de que tuviese que plantearme como sería el volver.

Hablamos un poco de la vida y me ayudo a entender algunos de los miles de agujeros negros que mi historia familiar contiene. Nos acogió y entretuvo entre tinto y tinto durante apenas tres días.

Nuestra visita a Manizales fue más bien fruto de la obligación con mi historia, la ciudad que vio nacer a mi madre y una de las pocas que visité cuando apenas era una niña. No podía perder la oportunidad de, ahora, con mis sentidos al día, perderme tal espectáculo. Nos despedimos con un abrazo a las 6 de la mañana. Ella, en plena actividad ya andaba bien despierta. Desde el balcón y renegando se dejo hacer una de las fotografías por la que bien valió la pena esperar 13 años.

Lola Manizales

Me alegro de haberla visto una vez más, a Lola y a Manizales, aunque ahora que lo pienso, bien podrían ser lo mismo.

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Un poco de sur

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