Villa de Leyva y el Cerrajero

*Lee sobre nuestro paso por Bogotá
Nuestra siguiente parada sería Villa de Leyva.
Partimos de la terminal del norte y encontramos un bus por 18.000 pesos cada uno.

Al llegar te das cuenta de que es un lugar para turistas, no solo extranjeros, es también un núcleo de turismo interno por lo que los precios aquí se multiplican.  Tardamos al menos dos horas en dar con un lugar que se hallara dentro de nuestro presupuesto y la verdad es que no nos quejamos, era una habitación cómoda en un hostal limpio y tranquilo por 30.000 pesos la habitación por noche. Me perdonarán, el tiempo ya ha pasado y no consigo recordar el nombre.

Disfrutamos de un par de caminatas y dimos una vuelta por el pequeño lugar. La verdad es de buen ver y se encuentra en muy buen estado, se nota que los pocos que allí pueden vivir lo mantienen y cuidan como se merece. No nos quedamos demasiado, es un lugar que no hay que perderse pero donde tampoco puedes estancarte. Salimos rumbo a  nuestro siguiente destino, que apareció de la nada y por cosas del destino…

Mientras estábamos en Bogotá, un par de amigos: Flor Alba y Claudio, nos ofrecieron las llaves de su apartamento en Duitama, por lo que cambiamos un poco nuestros pasos para poder pasar y descansar allí.

Haciendo el tonto

Cerca se encontraría mi niñez y no estaba segura de querer pasar una noche en el epicentro de tantos recuerdos así que acepté su invitación encantada. Tomamos un bus desde Villa de Leyva hasta Duitama, llegamos de noche y encontramos el lugar sin mucha dificultad. El problema llegó al querer abrir la puerta del apartamento ya que después de mil intentos concluimos que la llave con la que contábamos no era la que abría la puerta que necesitábamos. Conseguí comunicarme con ellos por teléfono aunque ya fuese más bien tarde (hermosos ellos) y resulto ser que, en efecto, teníamos las llaves equivocadas en nuestras manos… Bien, al menos estábamos bajo techo, con eso me valía.

Flor Alba se tomó la molestia de llamar al cerrajero, un domingo a las 8 de la noche…. Mientras esperábamos en la puerta, sentados y hablando llegó un chico con una chaqueta de cuero, pelo largo y algo desaliñado, que ni corto ni perezoso se dispuso a entrar. Nos quedamos a cuadros al principio, luego comprendimos que se trataba del cerrajero que había llegado mucho antes de lo que esperábamos.

El tipo tenia una pinta tranquila, con su voz pausada nos explicaba como abría la puerta mientras nosotros lo mirábamos atónitos y nos reíamos con sus técnicas, que, después de todo, resultaron ser más rústicas y útiles de lo que nos esperábamos.

Jesper y él hicieron buenas migas y de alguna manera que aún desconozco se comunicaban. El chico nos invito a tomarnos una cerveza y yo, la verdad, no estaba muy por la labor… El rubio en cambio aceptó la invitación a la primera y en un arranque de irresponsabilidad (mía y suya) se fue con él sin dudarlo.

Pasadas dos horas no tenía noticias de él y entonces comencé a preocuparme, hasta ese momento ni se me pasó por la cabeza el hecho de que con mucha suerte lograba comunicarse o de que no sabía el camino de regreso a casa… Cuando recordé esos pequeños detalles entré en un pánico en escala y lo único que se me ocurrió fue reírme y pensar que como mínimo sería fácil reportar a la policía a un Alemán de 1,90 perdido en medio de Duitama, decidí dejar de preocuparme y no ser paranoica, al fin y al cabo el cerrajero parecía un buen tipo.

Pasadas otras dos horas llegó el rubio, sólo y TOTALMENTE borracho. Vamos, me sorprende que pudiera decir su nombre si alguien se lo preguntaba. No conseguí hablar con el ese día, la borrachera lo dejo en la cama y roncando en menos de dos minutos.

No sólo llego sano y salvo sino que unos días después me contaba entre risas su aventura con el cerrajero, que después de mostrarle su barrio, su casa y sus amigos en el bar (y de una botella de coñac) lo seguía desde la distancia mientras le gritaba el camino correcto para volver a casa… todo un personaje.

El cerrajero.
Ni de su nombre nos acordamos.

Sigue leyendo: Dichó y el olor a madera quemada

Un poco de sur

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