Desde el fin del mundo

El paisaje, una vez cruzada la cordillera, es precioso. Dejamos el desierto atrás y nos dan la bienvenida las nevadas montañas del sur. Ushuaia es la única ciudad argentina que queda al otro lado de la cordillera así que su paisaje es único, pero la ciudad como tal no tiene nada y la calle central es simplemente un Disneyland del turismo.

*Pshhht si quieres leer nuestro camino a dedo de Buenos Aires a Ushuaia puedes comenzar aquí

Una vez allí la mejor opción es ir al parque natural de Tierra del Fuego. La entrada cuesta ochenta y cinco pesos por persona -sesenta si eres de países del Mercosur y diez si eres estudiante en Argentina- y te permite acampar durante cuarenta y ocho horas; es decir, dos noches. Hay varios campings habilitados en la zona, la mayoría de ellos gratuitos y uno de ellos de pago y con más facilidades. La ruta 3 acaba en la bahía Lapataia -dentro del parque- hasta la cual deberíais llegar. La entrada se paga al llegar, y allí mismo es donde -si quieres, y pagando- puedes adquirir el sello del fin del mundo.

Estuvimos en la zona dos noches, sobre todo por que el Pista Andino ofrecia wi-fi dentro de las facilidades. Apenas habíamos tenido un momento con internet en los últimos días; así que fue un buen lugar para descansar, retomar el mapa, los planes y seguir la ruta.

Nos marchamos haciendo dedo. Nos paró una pareja, Eduardo y Susana. Habitantes de Ushuaia y quienes andaban en búsqueda de un pequeño descanso en el pueblo más cercano: Tolhuin. Alli tuvieron la amabilidad de llevarnos hasta el Lago Fagnano. Un lugar precioso donde puedes quedarte admirando un buen rato. Casi nos gusto más Tolhuin que Ushuaia; no esta tan explotado, se respira calma y realidad. No pudimos quedarnos. El tiempo apremiaba y teníamos que seguir el camino. Levantamos la mano nuevamente cerca de la estación de servicio. Francisco paró su coche y nos llevó hasta Río Grande, mientras hablábamos de política y de solucionar el mundo. ¡Tenía prisa!… no me preguntéis por qué, pero sabíamos que antes de las tres teníamos que llegar a la ciudad.

Así fue, a las tres nos dejó en el cruce. El mismo cruce donde nos despedimos de Fernando unos días antes. El hambre aumentaba y se hacia insoportable. Apenas habíamos desayunado y decidimos resguardarnos del viento patagónico -al lado de la carretera- y cocinar en carrera ¡La imagen era pintoresca! Sabíamos que si encontrábamos a alguien lo más probable es que no comiéramos hasta bien entrada la noche, y eso al estómago no le hizo mucha gracia.

Parados en Rio Grande nos pasaron un par de horas. Un chico nos levantó y nos acercó a la siguiente rotonda, donde teníamos más posibilidades ya que iban coches por otra salida hacia el norte. Allí comenzó a llover. ¡Hasta que por fin!… La primera mujer que nos abre su coche apareció. Inés, una chica joven con una enorme sonrisa y un bebé sentado en el asiento de atrás. Se ha ganado el título; pues no fue la primera, sino que también la única mujer que nos ha abierto la puerta. Según ella le dábamos penita debajo de la lluvia. Nos dio algunos consejos para el viaje y nos acercó hasta la frontera  con Chile. Su marido trabaja allí. Iban a darle una visita sorpresa.

Una vez en la frontera, preparamos los papeles otra vez. Más sellos argentinos en el pasaporte. Preguntando encontramos a Enrique. Enrique era algo particular… tenía ese típico aspecto gruñón. Nunca entenderé por que nos levantó. Iba en un camioncito de correos y en él comenzamos el camino de ripio. Nos alegramos de que, al menos, esta vez, no pasaríamos seis horas allí. Enrique iba a toda leche y el camión saltaba de lado a lado. Pasado un rato, y de sopetón, comenzaron a salir chispas al lado de los pedales del conductor… y vaya susto nos llevamos todos. Paramos en medio de la nada. Desmontamos medio camión -todo el tablero delantero- reparamos un corto circuito de cuatro cables -¡vaya fiesta!- y ante la cara incrédula de ambos seguimos el camino.

Se nos hizo tarde. Enrique nos ofreció dejarnos pasada la barcaza, en el cruce a Puerto Natales. Según él era muy fácil llegar hasta Calafate desde allí. Nosotros no lo teníamos muy claro y esa sensación de querernos bajar de un camión había llegado por primera vez. Ambos coincidimos…  no queríamos seguir el camino con él. Así que seguimos nuestra idea de ir hasta Río Gallegos. Enrique nos dejó en el sitio en el que se cruzaban los caminos. Eran las doce y trienta de la madrugada y no veíamos nada. Buscamos un lugar para acampar. No había nada que no fuera a cinco metros de la carretera. ¡Me entró el pánico!… más bien el cansancio. Tenía hambre, estaba harta y lo único que quería era un lugar tranquilo donde dormir. Creo que fue la primera vez que maldije ese momento y me pregunté por qué mierda no estaba en una bañera caliente. en vez de tirada en medio de la nada.

El viento apretaba. Ibamos con nuestras luces buscando un lugar… ¡nada!… Finalmente un camión paro a nuestro lado. Sin pedirlo, Rafael nos dijo que nos llevaría a la frontera argentina. Atravesamos el trozo chileno en un solo día. Nos bajamos en la frontera; le dimos miles de gracias a Rafael; cruzamos una verja y, a la una y treinta de la tarde, después de comernos un arroz insípido; conseguimos dormir.

Sigue leyendo: El maldito viento patagonico

Un poco de sur

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