A la deriva: Una noche a los pies del Lanin

*Lee sobre nuestra llegada a Junin de los Andes

Levantar la mano fue fácil.
En cuanto llegamos del bus, vimos cómo un par de mochileros delante nuestro conseguían un levante y eso nos dio ánimos.

Pasó un tiempo y nada sucedía. Llegó un grupo de israelíes a hacer dedo y ya éramos cinco. El cruce con la ruta que va a la carretera estaba a solo cuatro kilómetros; pero cuatro kilómetros andando pueden ser una pesadilla cuando cargas con una maleta de 12-15 kg.

Después de incordiar a algunos conductores en la estación de servicio, conseguí que una camioneta nos llevara hasta el cruce. ¡Algo era algo! Tuvieron la amabilidad de dejarnos allí, cuando en realidad iban para un pelín antes.

Allí nos sentamos de nuevo. Al cabo de una hora llegaron los tres chicos de antes. Se sentaron detrás nuestro a esperar un levante. ¡Hicimos de todo! Nos aburrimos tanto que pintamos las piedras y nos comenzaron los delirios típicos de alguien que lleva mucho tiempo esperando bajo el sol. ¡No había manera¡

Caras

Pasadas casi tres horas apareció un auto. Victor, un chico de una comunidad indígena de la zona, nos levantó. Quedaban en realidad menos de sesenta kilómetros para llegar a la frontera; un número más que viable para un día. Por desgracia Victor no tomaba el cruce. Seguía derecho por lo que nos volvió a dejar en otra encrucijada; esta vez, veintiséis kilómetros más adelante.

Para nuestra sorpresa allí estaban los primeros dos chicos -los que justo se marchaban cuando nosotros llegabamos a la estación-. Llevaban en este lugar más de dos horas. Pasada una hora nos comenzó a entrar el hambre y, vistas nuestras expectativas de éxito decidimos comenzar a cocinar. Como siempre Murphy acompaña y a escasos diez minutos -cuando el agua ya estaba hirviendo- paró una camioneta que decidió llevarnos a los cuatro.

¡La odisea no terminaba! Los putos sesenta kilómetros más largos de nuestras vidas.
La camioneta solo iba unos diez kilómetros más adelante. Así que allí mismo -y con un litro de agua menos encima- nos dejaron a los cuatro. Franco y Sebastián llevaban unos meses viajando y ahora se comenzaban a encontrar con problemas para hacer dedo. Nunca les había costado tanto. Franco estaba desesperado; hasta tal punto que ya le hacía dedo a todo lo que pasaba… en todas las direcciones. Para nuestra sorpresa pasó un bus, al cual paramos.

Al parecer el bus nos dejaría unos cuatro kilómetros antes de la frontera. La avaricia le rompió el saco a nuestro amigo el conductor… me pedia veinticinco pesos por persona. Después de reirme en su cara decidió que serían veinte, a lo cual me negué en rotundo -¿veinte kilómetros por veinte pesos?… ¡aprovechado!-. Cuando Jesper estaba en la puerta del bus preguntándome por qué no subíamos le respondí en inglés… por que son veinte pesos. Nuestro amigo el conductor en un alarde de agilidad al escucharme hablar inglés me dice: “¿veinte pesos? ¿qué? ¡no! ¡dólares!” Hombre ¡tu madre! ¡más faltaría! La gota que colmó el vaso. Salí del bus mentándole a toda su famila y le deseé… buena suerte.

Unos diez minutos después salió una camioneta de un camino que no cubríamos. Le hice señas desesperadas desde atrás esperando que me viera por el retrovisor. A mi sorpresa dio marcha atrás y nos recogió. Franco decidió quedarse, no sé esperando qué… pero bueno… decisiones de cada uno.

Volcan Lanin

Siguiendo el tono del día… nuestro último conductor no iba a la frontera. Nos acercó hasta dejarnos a unos ocho o seis kilómetros de la misma.  Eran ya las siete de la noche. La frontera cerraba en una hora y no habría posibilidad alguna. Solo podía pensar en eso mientras la camioneta avanzaba. El conductor nos dejó dentro del Parque Nacional del Lanin y, para nuestro asombro, nos encontramos a los pies del majestuoso volcán que se imponía desde la lejanía.

Había una zona de meseo -comida, mesita de madera, etcétera- con una clara señal de “¡No acampar!”. Evidemente ¡nos importó un bledo! Sebastián decidió seguir caminando. Nosotros esperamos hasta las ocho de la noche, ya no quedaba esperanza alguna de levante,  lo que sí levantamos fue nuestra carpa… a los pies de volcán Lanin.

Al día conoceríamos a los de aquel jeep rojo que nos alegraron la vida.

Sigue leyendo: Ese jeep rojo, de Pucón a Santiago

Un poco de sur

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