Diciembre primero ¡El día que casi pierdo mi tercer avión¡

¡Me disculpo!… Me disculpo por bocazas. Me disculpo con mis amigos que, mientras yo les llamaba pesados y paranoicos, me hicieron llamar un taxi para que me fuera a buscar a las cuatro y treinta de la mañana y no a las cuatro y cuarenta y cinco. Me disculpo con mi madre que quería llamar para despertarme, pero como yo ya soy “grandecita” podía despertarme sola… Me disculpo con los que dormían bajo el mismo techo que yo por la interrupción -casi violenta de sus dulces sueños.

Dicho esto, esta es la crónica de el día que casi pierdo mi tercer avión.

Después de la cena me fui a casa, a una hora a la que me parecía bastante prudente,. Apenas tenía tiempo para quedarme, pero tampoco quería irme nada mas llegar. Así que -según mi reloj-  era la una de la mañana cuando decidí irme. Antes de eso ya había llamado al taxi en cuestión, había puesto mis cuatro alarmas -por si las moscas- cada diez minutos desde las tres y cincuenta de la mañana hasta las cuatro y treinta. Al llegar a casa medio organicé las cosas, para no tener que salir corriendo, y me fui a dormir mi siesta de dos horas.

Pues bien, me despertaron dos timbres a la puerta y una llamada telefónica:

Teleoperadora:  “Perdone, pero su taxi está esperando abajo desde hace 5 minutos.”

Yo -entre incrédula y chula-: “Perdone usted pero he pedido mi taxi para las cuatro y treinta, no para las tres y  treinta.”

Teleoperadora: “Pues eso… son las cuatro y treinta y cinco.”

Así que -por alguna extraña razón-, no sé si mi reloj decidió volverse loco a última hora y joderme la vida. Estaba una hora atrasado y mis alarmas sirvieron de poco. Mi precaución con la preparación nocturna sirvió de nada y al final tuve que vestirme -mientras casi me daba un ataque al corazón- y salir corriendo.

La madrugada del amor tenía más sorpresas agradables para mí. Después de subirme al taxi todo parecía recuperar la normalidad. Llegaríamos a tiempo a la estación de tren y nada de esto iría mas lejos. Pues bien, me bajé en la intersección donde suele estar la entrada y me encontré con la sorpresa de que, por obras, esta estaba provisionalmente a dos manzanas.

Llegué al tren… sudando pero llegué. Seguía pensando que, de las cinco y treinta a las seis, tendría tiempo para pasar el control de seguridad y cruzar medio aeropuerto… de hecho… así fue. Pasado el control de seguridad me guardé mi boarding pass en el bolsillo y salí corriendo a atravesar la terminal. Al llegar al control de pasaportes me dí cuenta -por suerte- de que mi bolsillo había decidido que el boarding pass no era necesario. Tuve que desandar toda la terminal en búsqueda del papel, básicamente por que sin él no iba a ningún sitio. Como podéis imaginar… lo encontré… al inicio del todo… allí…  en una esquina… esperándome. Y después de las bromitas del azar, acabé subiéndome en el maldito avión.

Mi reputación me precede… por mas aviones a los que me suba mi capacidad para vivir al límite no deja de sorprenderme.

¡Buenas noches!

Un poco de sur

Somos Valen y Jesper, almas de este blog y compañeros de viaje y de vida. Si quieres saber más sobre nosotros puedes hacerlo aquí

1 Comentario
  1. Living on the limit as always Valen , que seria de la teva vida sense una mica d’adrenalina per començar el dia … en el fons tots sabem que ets adicte a aquestes aventures. Molta sort guapisima espero que no en perdis molts d’avions en el teu viatge per les Ameriques.Un petonas molt i una abrasada al Jesper (no se si he escrit be el nom , que hem perdoni :P)

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